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lunes, 16 de enero de 2017

La casa azul. Una leyenda de amor en Albarracín

Una de las muchas cosas, y son muchas, uno de de los muchos rincones que llaman la atención en Albarracín es encontrarte de bruces con una casa azul, la única existente en la ciudad. 
No deja de ser chocante que, entre tanta piedra, entre tanto lienzo de castillo, tanto color ocre de la tierra y rojo de las edificaciones, se asome, altanera, una única casa de éste color. 
Lógicamente no podía dejar pasar por alto el detalle  y tenía que averiguar este insólito hecho.
Existía desde hacía siglos en Albarracín una familia noble apellidada Navarro de Arzuriaga, provenientes de Guipúzcoa.
En el XVIII dicha familia se convirtió en una de las más influyentes, si no la mas, de Albarracín, y fue en aquel entonces cuando remodelaron la casa familiar y, además,  decoraron la fachada con motivos neoclásicos. 
El porque de esta decisión lo encontramos en un bonito hecho, hecho que, en el momento de enterarme de su existencia, desconocía si era histórico o simplemente  se trataba de una leyenda.
Pero, para llegar a una conclusión, primero tenía que conocer todos los datos.

Dice la leyenda que, en tiempos de trashumancias y de viajes fuera de la región, uno de los Navarro se marchó a Andalucía a su trabajo y quedó prendado perdidamente de la belleza de cierta dama de La Carolina, en Jaén. 
El muchacho quiso traérsela a Albarracín, y de hecho, así lo hizo. 

La pareja habitaba en la casa familiar, casa que había sido levantada en el siglo XVII en el número 20 de la calle de Azagra. 
Una gran casona que demostraba el gran poder económico de los Navarro de Arzuriaga, obtenido, como ya he comentado, gracias al negocio de la trashumancia.

Pero la pobre chica añoraba las costumbres de su familia, su tierra, la luz y el color, y sobre todo el calor de su querida Andalucía, y le dijo, llena de pena, que no se sentía capaz de quedarse a vivir en Albarracín a pesar de lo mucho que le amaba.

A nuestro enamorado, que no quería perder a su amor, que deseaba tenerla a su lado, y estaba tan cautivado de la dama como ella lo estaba de el, no se le ocurrió otra cosa que pintar la casa al estilo de Andalucía. A la vez que le prometía que no echaría de menos su tierra. Por ese motivo la pintó de azul, y por ello destaca entre el resto de casas rojas de Albarracín.

El porque de que las casas de Albarracín sean de ese color rojizo es debido al hierro que lleva el yeso con el que las construyen. 
Al envejecer la construcción, el hierro se oxida y regala a las calles el color rojizo de las piedras.

El amor hace posible casi todo, y logra que los hombres sean capaces de satisfacer a sus amadas cuando se trata de retenerlas a su lado. Un ejemplo de ello los tenemos en Olite, donde Carlos III de Navarra construyó para su esposa, doña Leonor, un jardín colgante dentro del castillo, para que ella pudiera contemplarlo desde sus aposentos reales. 

Así pues, nuestro mozo, ni corto ni perezoso, pintó la casa  de azul con azulete y cal, le puso ventanas enrejadas y aquí se quedó su amada, y, según cuentan las crónicas,  vivieron felices y contentos.
Una de las características de la casa azul que comento es su torre-lucernario, o, lo que es lo mismo, una torre con ventanas. Lo que en el mundo de los faros conoceríamos como linterna, pero que, en vez de emitir luz, deja que entre. En realidad se trata del cuerpo que permite iluminar la escalera. Construida de forma cuadrada, con dos vanos abiertos en cada lado, está rematada con cornisas que presentan molduras de estilo clásico y también por pilastras.

Nuestro querido enamorado además construyó en el interior de la casa un patio andaluz. También puso enrejados en las ventanas y las llenó de geranios. Y para terminar de colmarla de comodidades  instaló chimeneas en la zona norte y  oeste y grandes balcones dirigidos al sur.

La verdad es que me las prometía muy felices ante una leyenda tan romántica. Pero, tras indagar para buscar mas datos, me dí de bruces con la realidad.

Parece ser, y por mucho que he buscado no lo encuentro, que ningún antepasado de la familia Navarro de Arzuriaga contrajo nupcias con muchacha alguna de La Carolina.
Además, y para mas desilusión, me enteré de que a los rebaños, en la época invernal, no los llevaban a pastar a Andalucía sino a la zona de Valencia.

Y además, para terminar de descuadrarme todo, ese color azul de la casa es el mismo que se ha utilizado, y se sigue utilizando, en las fachadas de las casas de Aragón.
Lo que si me extraña es que sólo esa casa, y otra, que también fue propiedad de la familia Navarro de Arzuriaga, fueran las únicas que se pintasen de dicho color, y que desde entonces no se haya pintado ninguna otra.

Buceando en la historia de la construcción, propiedad y arreglos en la casa he encontrado ciertos datos que expongo.

El dieciocho de mayo de 1797  Pedro Navarro de Arzuriaga y Dolz de Espejo y Alejandra Asensio de Ocón y Toledo, compraron la casa a Juan Francisco Asensio de Ocón, Ana María Toledo de Andrade, cónyuges, y a Joaquín Asensio de Ocón y Toledo,  hijo de los anteriores, por ciento cuarenta y ocho libras jaquesas.

La casa,  como la conocemos hoy en día, es, como siempre ha sido, la casa de los Navarro de Arzuriaga, al menos la parte exterior. 
Cabe pensar que la decoración también provenga de la misma época. Decoración, por cierto, un poco "naif", incluso la  fachada podría tener ya entonces el "famoso" color azul, contrastando, como he comentado, con el resto de las edificaciones de Albarracín.

En la guerra civil, la casa quedó requisada por el ejercito nacional y en ella estableció una comandancia.
Al finalizar la guerra, la casa estaba tan destrozada que tuvo que cerrarse.

Y permaneció cerrada hasta finales de los 70. cuando el propietario, que era nieto de la ultima Arzuriaga, restauró la casa, tapiando el torreón y arreglando el alero.
Sin embargo recibió una carta de la Dirección General del Ministerio de Educación Nacional, en la que se le instaba a quitar el color azul de la fachada y a que la dejase con piedra caravista a media altura y yeso rojizo, y que el alero quedase con la madera al descubierto.

Todas estas modificaciones debían llevarse a cabo por que desentonaba con el resto de las edificaciones de Albarracín.

En 1971  vendió la casa al ayuntamiento.

Hacia 1980, se desechó la idea previa de la construcción de un parador nacional de turismo, por lo que el ministerio de hacienda devolvió el inmueble al ayuntamiento, y éste, a su vez,  lo vendió para construir viviendas.

Se abrió una puerta nueva y muchas más ventanas, dejando en el olvido la estructura y el equilibrio que poseía la casa en un principio.

Además quitaron los seres mitológicos, únicos y muy característicos, seres que vigilaban desde las cuatro esquinas del lucernario, pero dejaron el color añil aragonés que ha dado fama a la casa.

Sea como fuere, y como siempre digo, muchas veces es mejor no indagar en la historia y dejar que las leyendas nos acompañen en esas frías noches de Albarracín escuchándolas al abrigo de un buen fuego.

© marian tarazona
*Texto e imágenes propiedad del blog*

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