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martes, 15 de julio de 2014

El circo

Todavía el sol no había asomado, pero la llegada del día era inminente, y eso que las nubes no dejaban ver la luz.

Una espesa capa de niebla entretejía el cielo, engullendo el lugar, dejando todo atrapado en la negrura.
El viento ululaba entre las ramas cascadas que emergían del viejo tronco. El paisaje era fantasmal y sin ningún vestigio de vida. 
Habían llegado el día anterior, amparados bajo una niebla pegajosa, y decidieron dejar para el día siguiente la tarea de plantar la carpa del circo en las inmediaciones del bosque.

El frío era intenso, a pesar de ser primavera, y el viejo malabarista se sentía cansado, los huesos le pesaban demasiado y tenía el cuerpo y el alma helados, la realidad es que el ambiente  no ayudaba. Sin embargo decidió dar un corto paseo.

No se vislumbraba vida alguna alrededor, tan solo se adivinaba un lejano y melancólico tañido de una campana, intentando desperezar a los habitantes de un pueblo agonizante.

De pronto algo llamó su atención, y paró sus pasos en seco. Del suelo salía un extraño humo,  e,  hipnotizado, se quedó mirando fijamente algo que se movía bajo sus pies, por alguna rendija se dejaban adivinar llamaradas de fuego….

De repente la tierra se abrió estrepitosamente bajos sus pies, haciéndole saltar hacia atrás. Quedó paralizado, un olor nauseabundo se apropió del lugar y ante él quedaron al descubierto una especie de escaleras que iban hacia lo desconocido.
Sin dudarlo se adentró en la oscuridad, mientras sombras, gritos inhumanos, gases  y olor a azufre le rodeaban por doquier. Si existía el infierno, pensó, sin duda se encontraba allí.

Se estremecía a cada nuevo grito, el miedo hizo que empapara la camisa de sudor. Al fondo se veía claridad así que siguió aquella dirección y se encontró con un claro del bosque,  pero lo que contempló no le tranquilizó en absoluto, sino todo lo contrario…

De repente, la claridad se adueñó del lugar. Ya no estaba bajo la tierra, sino en el claro del bosque. La inquietud seguía en aumento.

Al acercarse, contempló que se trataba de un jardín hecho por la mano del hombre, ya que había un cenador, celosías, incluso se adivinaba una mesita y sillas con algún tipo de tejido. Pero, al aproximarse mas, comprobó, horrorizado, que alrededor de la mesa se encontraban sentadas varias niñas, o, hablando con propiedad, los cadáveres de varias niñas.

En torno a ellas pululaban toda clase de insectos imaginables, y, al acercarse al lugar la atmósfera se hacia todavía, si cabe, mas irrespirable. Sus cuerpos estaban podridos dejando al descubierto los dientes, de pronto de una de la cuenca de los ojos salía un gusano. Todo estaba infestado de larvas que las iban carcomiendo.

Horrorizado y a trompicones deshizo sus pasos, e, ignorando el olor, las sombras, los gritos y el miedo, incluso el dolor en sus huesos, subió las escaleras.

Corrió como un loco a avisar a sus compañeros y a las autoridades.

El  payaso viejo, mientras tanto, solo mascullaba entre dientes "niñas, niñas, siempre dando problemas las niñas"…

En el pueblo comenzaron a atar cabos, y recordaron que cada año, por esas fechas había desaparecido alguna niña pequeña. Y, de pronto, a todos les vino a la mente que el circo llegaba al pueblo cada año en el mes de las nieblas.

Fueron interrogados todos los miembros de la compañía, y, uno tras otro, iban añadiendo algún detalle que dieron sus frutos desenmarañando el enigma.
El payaso viejo, siempre que llegaban a dicho pueblo, desaparecía durante horas, y regresaba contando historias de fantasmas, de las hijas del demonio y otras historias inconexas a las que nadie hacia caso.

Y después, pasaba semanas soñando cosas extrañas, gritando que le seguían los fantasmas, que el nunca tuvo hijas, que las niñas eran hijas del demonio, gritaba frases inconexas en las que sobresalían las palabras puta, bruja, Satanás, aquelarre. Al cabo de unos días volvía a su sano juicio.

El sufrimiento que había atormentado al payaso, hacía que el tiempo discurriera muy lento debido al dolor que acumulaba en su interior, el quería terminar con ese infierno que duraba ya veintitres años destrozando su mente.

Él mismo, presa de la locura, había acabado con la vida de su propia hija delante de los ojos de su esposa,  convencido de que era hija del demonio.
Y, cuando en el suelo de la caravana, el cuchillo ensangrentado con el que había asesinado a la niña, cayó a los pies de la madre,  escuchó un alarido.

La estancia se lleno de humo y olor a azufre, y con una voz desgarrada, la mujer, llena de ira le maldijo, y desde entonces, no fue capaz de ver una niña sin sentir un impulso incontenible de asesinarla. Una a una fue matando a cada pequeña que se cruzaba en su camino.
  
De pronto uno de los ancianos del lugar recordó, que en aquel pueblo, nunca se había visto a niña alguna en el circo.

© marian tarazona
*Texto e imágenes propiedad del blog*



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